Realmente existen días en los cuales uno está -hablando metafóricamente- “con un pie a cada lado de la sima“.

Para quién se lo pregunte, intentaré ser gràfico: imagínaos, en lo alto de uno de los altos precipicios del desierto del Colorado (USA); vastísimos precipicios rocosos de composición arcillosa en su gran mayoría, y que se elevan cientos de metros por encima del conocidísimo río Colorado. Seguid imaginandoos, encumbrados sobre esa maravilla natural, en el punto más alto de una de las cordilleras que recorren los 446 km del gran cañón.

Comienzas a notar un pequeño zozobro, un susurro con tintes orogénicos que hacen que la cordillera se abra en dos justo debajo de donde te encuentras. Suponiendo que nos diese tiempo a hacer un análisis detallado de en qué lado nos deberíamos quedar para sobrevivir en una vertiente o en otra, ¿En cuál te quedarías? Hay que tener en cuenta que si escogemos para quedarnos una de las vertientes, hemos de saber que esa vertiente es posible que caiga, aunque existe una posibilidad de que se convierta a su vez en dos vertientes más, y éstas en otras dos, y así multiplicando el 2 exponencialmente hasta que la vasta semi-cordillera terminase en arenilla sobre el río colorado, o que por el contrario la otra de las vertientes quedase encalomada sobre la falda de otra vasta cordillera y por la orografía de la misma, quedase allí encumbrada.

Pido mil disculpas si no he sido lo suficientemente gráfico con el ejemplo.

A lo que me quiero referir… básicamente es que hoy, pese a las casi 18 horas de trabajo que llevo en el cuerpo, he tenido (pese a todo) tiempo para pensar mientras estaba trabajando sobre una especie de “repaso mental” de todo lo que ha sido mi vida hasta el día de hoy.

El resultado ha sido concluyente: estoy entre lo escasamente brillante y lo tremendamente mediocre.

Las pruebas son muy conclusorias y, sinceramente, creo que tras ésta reflexión he perdido (al menos en el día de hoy), el optimismo que cosecho día a día con las pequeñas alegrías que la gente a la que quiero me brinda. Puedo remitirme a los hechos con un breve resumen:

Unos estudios universitarios que para nada son mi vocación profesional y, los cuales, realicé para la satisfacción de terceras personas.

Otros estudios universitarios que, si bien es cierto que son más vocacionales y más prácticos, todavía no se si tendré la suficiente fuerza para terminarlos, tengo miedo de estar lo suficientemente cansado como para rendirme.

Una tesis sobre la interpretación psicoanalítica de Freud donde rebatí los principios psicoanalíticos de los Siglos XIX y XX con fundamentos científicos como la gravitación universal y las leyes termodinámicas que afectaban a nivel neuronal, el comportamiento y la teoría del aprendizaje. Tesis que escribí en 2006 y que se fue por la borda tras un arrebato de mi madre, para que me centrase en “lo que realmente tenía que estudiar”.

Un libro “El origen de los sentimientos” todavía no acabado, en el cual ahondo hasta en el nivel más básico de la neuroanatomía clínica para abordar cómo se crean los sentimientos y cómo se transmiten alrededor del cerebro humano. Todavía no se si tendre fuerzas para seguir investigando en la neuropsicología… Debo agradecer aquí la colaboración que estoy recibiendo del Dr. George Boree, catedrático de psicología de la Shippensburg University of Pennsylvania, que me ha apoyado constantemente con todo el material didáctico que he requerido para este “intento”… Thank you very much, Doctor.

Un idioma por perfeccionar, Francés y otro que es un viejo propósito el cual me da pereza ponerme a estudiar ahora, Alemán.

Un trabajo en el que me encuentro fenomenal, pero en el cual soy incapaz de hacer menos de 60 horas semanales. Probablemente por ser ineficiente conmigo mismo.

¿En qué lado de la sima estoy? Todavía no lo se… sigo a caballo entre la mediocridad pero con pequeños coletazos de brillantez, aunque existen fuerzas externas que me hacen ver la vida desde otra perspectiva: como el espejo en el que me quiero mirar todas las mañanas, recordar cuando mi hermana pequeña empezó a hablar y me llamó “tato” por primera vez, o cuando esa “persona especial” te mira y sonríe.

Como bien citó Sócrates allá por el Siglo IV A.C., puedo resumir mis recientes 25 años de vida en que “sólo sé que no sé nada”.