Dramaturgo, Historiador, Pintor, Poeta, Cintífico, Físico, Botánico, Arquitecto, Filósofo, Humanista, Diseñador, Geólogo y Funcionario. Éstos son sólo algunos de los adjetivos entre los que se podrían englobar a Johann Wolfgang Von Goethe, uno de los personajes de la Alemania modernista de los Siglos XVIII y XIX.
Nacido en Frankfurt un 28 de agosto de 1749, Johann Wolfgang Von Goethe fue hijo de un abogado ilustrado, Johann Gaspart Goethe, y de la hija de un burgomaestre de Frankfurt, Katharina Elisabeth Textor. Goethe fue uno de los artífices del crecimiento del romanticismo literario dentro de la Europa pre-contemporánea. Agudo observador de las grandes revoluciones industriales de finales del Siglo XVIII, fue también uno de los primeros pensadores en explorar las implicaciones de la misma Revolución Industrial. Reconocido por su fabulosa inteligencia y su ejemplar equilibrio tanto mental como espiritual -conseguido mediante una rigurosisima disciplina familiar- se convirtió en todo un paradigma del ideal Europeo basado en la cultura y la universalidad. Estudió Derecho en Leizpig, donde conoció escritos de Winckelmann acerca del arte y la cultura griega, pero cayó presa de una grave enfermedad que le obligó a dejar los estudios y volver a Frankfurt, donde, una amiga de su madre, Katharina von Klettenberg le introdujo en el misticismo pietista del protestantismo, y es ahí donde va a comenzar a escribir sus primeros poemas. Tras recuperarse, decide terminar sus estudios en Estrasburgo y, dos años más tarde, entabló amistad con el filósofo Johann Gottfried von Herder, quien le introdujo a la poesía popular alemana y al universo de Shakespeare. Pasó una época vanagloriada por la literatura alemana con los escritos del Werther (fruto de un desamor), y brotó su rama de dramaturgo con las obras de Clavijo y Stella. Entró poco después al servicio del príncipe heredero Carlos Augusto, donde paso posteriormente, por reestructuración del sistema del círculo real intelectual, a ser Consejero-Ministro. Se interesó por esta época en la ciencia, dónde, dentro del campo de la óptica, elaboró una teoría del color distinta a la de Isaac Newton. También destacó en la osteología, donde descubrió el hueso intermaxilar, poniendo una de las primeras piedras en la teoría evolutiva de la humanidad. Pasó por la masonería en 1780, y profundizó muchísimo en el teatro de la mano de autores como William Shakespeare o Pedro Calderón de la Barca. Marchó a Italia un largo de periodo de tiempo en busca de la estética romántica del teatro Italiano y es aquí donde se encuentra su punto de inflexión en la concepción Goethiana del teatro, cambia al estilo clásico (el cual, va a resultar, hasta cierto grado, polémico en su vuelta a Alemania años más tarde). La Revolución francesa cambió de nuevo el rumbo de Goethe: el cual se encontraba inmiscuido en una nube clasicista regentada por los valores del equilibrio y la armonía, veía violento el cambio provocado por la revolución gala. Ahí nacieron obras suyas como Las afinidades electivas (1809), Diván de oriente y occidente (1819) o, Los años del peregrinaje de Wilhem Meister (1821). Su obra más reseñable, Fausto, (la primera parte fue editada en 1807, mientras que la segunda, datada en 1832) fue a título póstumo. Murió en Weimar el 22 de marzo de 1832.
Científicamente, sus investigaciones sobre el color, la metamorfosis de las plantas, la geología y la meteorología habían sido hechas por un competente observador de los fenómenos naturales, el cual, creía que el ser humano era el más exacto instrumento para observar la naturaleza. Goethe comprendió perfectamente el papel que tenían el experimento y la teoría, siendo consciente de los peligros reduccionistas que traía consigo adoptar una actitud acrítica frente a los métodos científicos. Durante años, Goethe investigó las diferentes teorías del color -frente a científicos como Sir Isaac Newton- hasta descubrir que «la historia de la ciencia es la ciencia misma», que la ciencia está formada y deformada por teorías parciales que jamás podrán contemplar el fenómeno en toda su interdimensionalidad. Por otro lado, su acercamiento panteísta al mundo natural le hace tomar, en cierta manera, una posición moral con respecto a la naturaleza, anticipándose así al ecologismo. Su aproximación a la naturaleza depende tanto del desarrollo de la conciencia de ésta como de la intensificación de la experiencia misma, mostrándonos así un camino en el que la curación de la Naturaleza y el hombre está implícita.
Como frases, me quedo con éstas tres:
<<El hombre más feliz del mundo, es aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera suyo propio>>.
<<La venganza más cruel es el desprecio de toda venganza posible>>.
<<Sólo es digno de libertad quién sabe conquistarla cada día>>
Escogí a Goethe, por el polifacetismo tan natural del cual nunca le importó hacer alarde y, por todas las contribuciones que hizo en las diferentes ramas de la ciencia. En cierto modo, es mi parecer que, el interés por el universalismo toda persona ya lo lleva innato y es un conocimiento a priori -como bien diría el maestro Immanuel Kant- “interiorizado desde un primer momento por toda persona humana en el momento de su alumbramiento” . Ahora bien, como hito dentro de éste campo, creo que el humanista alemán es el icono pre-contemporáneo que resume la búsqueda del estereotipo europeo de hombre culto.
Ése, fue Goethe.