Jean-Jacques Rousseau

“Las cartas de amor se escriben empezando sin saber lo que se va a decir, y se terminan sin saber lo que se ha dicho”.

Con ésta frase se puede resumir la vida de muchas personas -entre ellas, puede incluso, que la mía propia-; y fue un filósofo franco-suizo quien, siendo precursor de las ideas del libertinaje que, a posteriori confluirían en las líneas maestras de la Revolución Francesa, quien acuñó tan elegante término y que nos dejó una huella de inteligencia que, aun se siente desde el otro lado de los pirineos. Hablamos de Jean-Jacques Rousseau.

Nacido en Ginebra el 28 de Julio de 1712, éste fue un ilustre de las letras francesas. Huérfano de madre desde muy temprana edad, Rousseau, fue criado por su tía materna y por su padre, un modesto relojero. Sin apenas haber recibido educación, trabajó como aprendiz con un notario y con un grabador, quien lo sometió a un trato tan brutal que acabó por abandonar Ginebra en 1728. Se instaló en Saboya acogido por un sacerdote del Bell-lloc del Pla cuyo nombre era Mn. Torres. Más tarde se estableció en Annecy, tutelado por Madame de Warens, quien le convenció de que se convirtiese al catolicismo (su familia era calvinista). Poco después, y ya como amante de la baronesa, Jean-Jacques Rousseau se instaló en la residencia de ésta en Chambéry e inició un período intenso de estudio autodidacta. En 1742 marchó a París y tres años más tarde se casó con Thérèse Levasseur y entró en contacto con otros ilustrados como Jean Le Rond D’Alembert, François Marie Aourie “Voltaire”, Jean-Phillipe Rameau, Denis Diderot… . En 1750, y por influencia de éstos últimos, ganó el premio de las letras de la Academia de Dijon, por su obra “Discurso sobre las ciencias y las artes”. En su influyente tratado El contrato social, publicado en 1762, dibujó una versión diferente de la teoría contractual. Parecida pero diferente a la de su predecesor, John Locke, Rousseau va a intentar establecer relaciones sociales entre los reyes y el pueblo llano, Descarta que el vínculo se halle en la fuerza o la sumisión, sino que por el contrario, los hombres voluntariamente renuncian a un estado de natural inocencia para someterse a las reglas de la sociedad, a cambio de beneficios mayores inherentes al intercambio social. Este consentimiento voluntario se materializa a través de un contrato, “el contrato social” en este caso. En 1754 visitó de nuevo Ginebra y retornó al protestantismo para readquirir sus derechos como ciudadano ginebrino, entendiendo que se trataba de un puro trámite legislativo. Apareció entonces su Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres. Finalmente, Emilio o De la educación (1762) es una novela pedagógica, cuya parte religiosa le valió la condena inmediata por parte de las autoridades parisinas y su huida a Neuchâtel, donde surgieron de nuevo conflictos con las autoridades locales, de modo que en 1766, aceptó la invitación de David Hume para refugiarse en Inglaterra, aunque al año siguiente regresó al continente convencido de que Hume tan sólo pretendía difamarlo (-paranoias ilustradas supongo, el dudar del ilustre genio inglés-). Volvió a París en 1770 y murío en Ermenonville un 2 de Julio de 1778.

El caraterístico de Rousseau, que consagra la originalidad radical de su talante intelectual, se basa en haber pensado la educación como la nueva forma de un mundo que había iniciado un proceso histórico de dislocación. Mientras sus más activos contemporáneos, también tocados por la gracia educativa, se dedicaban a “fabricar educación”, y las grandes figuras de la inteligencia se esfuerzan en remodelar al hombre mediante la educación haciendo de él un humanista, o un buen cristiano, o un caballero, o un buen ciudadano, Rousseau deja de lado todas las técnicas y rompe todos los moldes proclamando que el niño no habrá de ser otra cosa que lo que debe ser: “vivir es el oficio que yo quiero enseñarle, al salir de mis manos no será, lo reconozco, ni magistrado, ni soldado, ni sacerdote: antes que nada será hombre”.

Sobresaliente.

Johann Wolfgang von Goethe

Dramaturgo, Historiador, Pintor, Poeta, Cintífico, Físico, Botánico, Arquitecto, Filósofo, Humanista, Diseñador, Geólogo y Funcionario. Éstos son sólo algunos de los adjetivos entre los que se podrían englobar a Johann Wolfgang Von Goethe, uno de los personajes de la Alemania modernista de los Siglos XVIII y XIX.

Nacido en Frankfurt un 28 de agosto de 1749, Johann Wolfgang Von Goethe fue hijo de un abogado ilustrado, Johann Gaspart Goethe, y de la hija de un burgomaestre de Frankfurt, Katharina Elisabeth Textor. Goethe fue uno de los artífices del crecimiento del romanticismo literario dentro de la Europa pre-contemporánea. Agudo observador de las grandes revoluciones industriales de finales del Siglo XVIII, fue también uno de los primeros pensadores en explorar las implicaciones de la misma Revolución Industrial. Reconocido por su fabulosa inteligencia y su ejemplar equilibrio tanto mental como espiritual -conseguido mediante una rigurosisima disciplina familiar- se convirtió en todo un paradigma del ideal Europeo basado en la cultura y la universalidad. Estudió Derecho en Leizpig, donde conoció escritos de Winckelmann acerca del arte y la cultura griega, pero cayó presa de una grave enfermedad que le obligó a dejar los estudios y volver a Frankfurt, donde, una amiga de su madre, Katharina von Klettenberg le introdujo en el misticismo pietista del protestantismo, y es ahí donde va a comenzar a escribir sus primeros poemas. Tras recuperarse, decide terminar sus estudios en Estrasburgo y, dos años más tarde, entabló amistad con el filósofo Johann Gottfried von Herder, quien le introdujo a la poesía popular alemana y al universo de Shakespeare. Pasó una época vanagloriada por la literatura alemana con los escritos del Werther (fruto de un desamor), y brotó su rama de dramaturgo con las obras de Clavijo y Stella. Entró poco después al servicio del príncipe heredero Carlos Augusto, donde paso posteriormente, por reestructuración del sistema del círculo real intelectual, a ser Consejero-Ministro. Se interesó por esta época en la ciencia, dónde, dentro del campo de la óptica, elaboró una teoría del color distinta a la de Isaac Newton. También destacó en la osteología, donde descubrió el hueso intermaxilar, poniendo una de las primeras piedras en la teoría evolutiva de la humanidad. Pasó por la masonería en 1780, y profundizó muchísimo en el teatro de la mano de autores como William Shakespeare o Pedro Calderón de la Barca. Marchó a Italia un largo de periodo de tiempo en busca de la estética romántica del teatro Italiano y es aquí donde se encuentra su punto de inflexión en la concepción Goethiana del teatro, cambia al estilo clásico (el cual, va a resultar, hasta cierto grado, polémico en su vuelta a Alemania años más tarde). La Revolución francesa cambió de nuevo el rumbo de Goethe: el cual se encontraba inmiscuido en una nube clasicista regentada por los valores del equilibrio y la armonía, veía violento el cambio provocado por la revolución gala. Ahí nacieron obras suyas como Las afinidades electivas (1809), Diván de oriente y occidente (1819) o, Los años del peregrinaje de Wilhem Meister (1821). Su obra más reseñable, Fausto, (la primera parte fue editada en 1807, mientras que la segunda, datada en 1832) fue a título póstumo. Murió en Weimar el 22 de marzo de 1832.

Científicamente, sus investigaciones sobre el color, la metamorfosis de las plantas, la geología y la meteorología habían sido hechas por un competente observador de los fenómenos naturales, el cual, creía que el ser humano era el más exacto instrumento para observar la naturaleza. Goethe comprendió perfectamente el papel que tenían el experimento y la teoría, siendo consciente de los peligros reduccionistas que traía consigo adoptar una actitud acrítica frente a los métodos científicos. Durante años, Goethe investigó las diferentes teorías del color -frente a científicos como Sir Isaac Newton- hasta descubrir que «la historia de la ciencia es la ciencia misma», que la ciencia está formada y deformada por teorías parciales que jamás podrán contemplar el fenómeno en toda su interdimensionalidad. Por otro lado, su acercamiento panteísta al mundo natural le hace tomar, en cierta manera, una posición moral con respecto a la naturaleza, anticipándose así al ecologismo. Su aproximación a la naturaleza depende tanto del desarrollo de la conciencia de ésta como de la intensificación de la experiencia misma, mostrándonos así un camino en el que la curación de la Naturaleza y el hombre está implícita.

Como frases, me quedo con éstas tres:

<<El hombre más feliz del mundo, es aquel que sepa reconocer los méritos de los demás y pueda alegrarse del bien ajeno como si fuera suyo propio>>.

<<La venganza más cruel es el desprecio de toda venganza posible>>.

<<Sólo es digno de libertad quién sabe conquistarla cada día>>

Escogí a Goethe, por el polifacetismo tan natural del cual nunca le importó hacer alarde y, por todas las contribuciones que hizo en las diferentes ramas de la ciencia. En cierto modo, es mi parecer que, el interés por el universalismo toda persona ya lo lleva innato y es un conocimiento a priori -como bien diría el maestro Immanuel Kant- “interiorizado desde un primer momento por toda persona humana en el momento de su alumbramiento” . Ahora bien, como hito dentro de éste campo, creo que el humanista alemán es el icono pre-contemporáneo que resume la búsqueda del estereotipo europeo de hombre culto.

Ése, fue Goethe.