Museo del Prado

Me he vuelto a enamorar. Hacía meses que no pisaba El Prado hasta que ayer, sábado, 26 de febrero de 2008 volví a pisar, la que en algún momento de mi vida fue mi casa. No había vuelto a pisar el Museo del Prado desde el verano de 2007, justo antes de la reapertura con la inauguración de las nuevas salas del edificio de los Jerónimos.

Ha sido curioso, porque puede que hasta hoy, las fábulas de Velázquez no hayan sido tan sumamente trascendentales para mí. Digamos que he tenido un día… lo que viene a ser un poco rollo autista, hasta que he llegado al Prado: Me he levantado pronto, me he duchado, me he vestido (super informal, como ya sabéis aquéllos que me conocéis) y me he ido a pasar el día al Prado.

Tras esperar casi media hora de cola para entrar en la pinacoteca, al sol justiciero del invierno matritense, he logrado entrar en las nuevas salas del Museo del Prado (A-B-C y D, las cuales son complementarias de las 01-102 del Edificio principal –Villanueva, para los más escépticos-), para ratificar lo que todo crítico comenta: Rompe con la idiosincrasia del Prado. Y es así, el Prado no es un museo de arte moderno.

He quedado bastante descontento con la ampliación, ya que no es para nada acorde con la política de arte del propio museo. Se rompe con el clasicismo del que tanto alardeaba Miguel Zugaza (Director del Museo del Prado), para darle un aire contemporáneo muy del estilo Thyssen o Guggenheim, que para nada tiene que ver con la principal pinacoteca de Madrid. Se habla de la respetuosidad de la infraestructura con el asunto de los Jerónimos, el claustro, la luz natural de la propia ampliación, la obra de ingeniería… pero no es el estilo.

Aunque todo hay que decirlo, en la ampliación están expuestas las principales piezas de la pintura del Romanticismo español del siglo XIX (con la cual, muchos visitantes descubrirán que el romanticismo español del siglo XIX no muere en Goya) y, en las salas A y B podemos encontrarnos con obras de Federico Madrazo; o en la sala C, por ejemplo, con algunas de las principales obras de Sorolla y Beruete, de camino al claustro de los Jerónimos, en la segunda planta.

Ampliación a parte, me centro en mi jornada en el edificio Villanueva, donde por primera vez he visitado la exposición “Fábulas de Velázquez”, sita en el museo hasta el día 24 de febrero, y la cual vale mucho la pena ir a visitar. Las fábulas de Velázquez nos hacen el recorrido de Diego de Velázquez desde sus comienzos en la Sevilla de principios del Siglo XVII (vida cotidiana), pasando por los “Borrachos” de Velázquez del primer cuarto de siglo (Mitología y realidad), su época italiana (Horizonte Romano: donde tenemos alusivas a creadores como Caravaggio o Rubens, amén de la obra “La Fragua de Vulcano”), Sus obras religiosas (Devoción y Meditación: donde también podemos encontrar alguna obra de Francisco de Zurbarán y del propio Velázquez, en sus actos devotos a la iglesia católica, como la “Aparición de San Pedro Apóstol a San Pedro Nolasco” ), su alegoría al desnudo (con obras como la “Venus frente al espejo” -donada por la National Gallery de Londres-), el paso por la Filosofía (aquéllos retratos a Demócrito y Heráclito, de Rubens), y finalmente, el Telar de la Fábula (donde tenemos como protagonista a la “Fábula de Aracne”).

Obviamente no podemos obviar (perdón por la redundancia) el embrujo de “Las Meninas” de Velázquez si estamos visitando El Prado, en la sala XII del corredor principal, pese a no entrar dentro de las fábulas del mismo (Si pregunto ahora mismo cuántos miembros de la familia real del emperador Felipe IV aparecen en dicha obra ¿Quién me lo podría responder? –Sin mirar la foto, claro está).
La tarde también se ha centrado en El Greco, pero muy especialmente en una obra (de las decenas que ahora mismo el Prado dispone para dicho autor, para el cual, ha habilitado toda un ala con una colección permanente). La obra en cuestión es “El entierro del Conde Orgaz”.

Amén de Velázquez y el Greco, y salvo pinceladas de Goya, Tiziano y Caravaggio a lo largo de las galerías de El Prado, la tarde transcurrió entre calibres de alto nivel, como José de Ribera, Murillo, Correggio, Roger Van der Weyden o Eduardo Rosales.

Como conclusión: pese a la ruptura clásica del Prado con la ampliación de los Jerónimos, podemos quedarnos con la intención del Museo de acercarnos el romanticismo español del XIX a todos los públicos con obras clásicas, con la majestuosidad de las Fábulas de Velázquez y con un recorrido zig-zagueante entre centenares de maravillosas obras. El día ha sido brillante.